las pelis de alfredo # 11

Alfredo no dice nada de la forma pero es precioso. 16mm, blanco y negro… Bruce Weber es un fotógrafo increíble (no hay plano aburrido) y el montaje es impresionante, saltando todo el tiempo entre el archivo y lo que filmaron con Chet Baker ya viejo en California y Cannes. ¡Y luego la música!

LET’S GET LOST (Bruce Weber, 1988)

“Él era malo, era problemas y era hermoso”, dice Diane Vavra de cuando empezó a salir con Chet Baker. Más adelante Carol Baker, madre de tres de sus hijos, cuenta que cuando lo vio por primera vez en Milán no podía creer que fuera la misma persona de la que había oído cosas tan terribles. Pero es tal vez Ruth Young, otra ex, quien lo expresa de la mejor manera cuando cuenta lo mucho que le costó aprender a “separar el don de la persona”.

Como todos los personajes que desfilan por su documental (las mujeres, los amigos, los hijos o incluso la misma madre del trompetista), Bruce Weber tiene que enfrentarse al problema de esta separación, del contraste entre el genio y el hombre, entre la decadencia de su vida y la belleza de su música. Durante dos horas vemos a un Chet Baker disminuido y envejecido por la heroína; un hombre egoísta, manipulador y mentiroso; un hijo ingrato y un padre ausente que rompe el corazón de quien se le acerca. Pero cada tanto, cuando lo vemos cantar y tocar su trompeta, su talento incontestable y una entrega absoluta a su arte lo redimen. Mientras la voz en off de Ruth nos cuenta que un grupo de matones le tumbaron todos los dientes de la boca para asegurarse de que no volviera a tocar, vemos a un Chet Baker jovencísimo y de un encanto james-deaniano, cantando con su voz exquisita “no sabes lo que es el amor”. Así pasamos todo el documental, entre la desilusión y la fascinación, entre el rechazo y la simpatía.

Pero la agudeza de Weber, tal vez resultado de su propia cercanía y fascinación por Baker, reside en acoger este contraste y explotarlo en toda su complejidad, llevando así la película a un nivel superior: Let’s Get Lost es al mismo tiempo un retrato crudo y sin concesiones, y un homenaje conmovedor y lleno de amor a un hombre tan ruin como genial. 

 A. Williamson, Lima 1993

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